La llegada.
Llegamos a Narita a las 11 de la mañana; el viaje ha durado unas 27 horas desde Zaragoza, pasando por Madrid y Munich. La mañana es soleada y estamos entumecidos por las largas horas de avión. Sin embargo aún nos queda una hora desde el aeropuerto hasta la estación central de Tokio. Tomamos el Narita Express y pasamos el viaje charlando con un señor de Corea del Sur que nos cuenta que ha viajado a Japón por negocios y nos explica el mejor modo de llegar a nuestro hotel desde la estación. Le hacemos caso y decidimos caminar, dando así nuestro primer paseo por la megapolis nipona, pero nos perdemos, así que terminamos llegando en taxi. Los taxis allí son increíbles, cada uno de un color distinto y las puertas se abren automáticamente; los taxistas van trajeados y con guantes blancos y el precio es ligeramente superior a España pero no tan prohibitivo como nos indicaban todas las guías que hemos comprado antes de venir.
Llegamos al hotel y bajamos a comer lo primero de todo; comemos en el hotel pensando que será difícil encontrar otro sitio ya que se nos ha hecho bastante tarde pero acabamos descubriendo que en Tokio no hay horarios para comer. La gente come a cualquier hora, normalmente solos y a toda velocidad. Nosotros somos tres pero parecemos una multitud cada vez que entramos en un bar. También observamos que lo de la comida no va a ser problemático; hay restaurantes italianos, chinos, hindúes y hasta españoles, y además nos gusta la comida japonesa de modo que no habrá problemas. Los precios también son superiores a los españoles pero se pueden pagar, y la gente es muy educada.

Llega al noche y vamos de tiendas; necesitamos una cámara y es lo primero que vamos a comprar. Según nuestra guía la mejor zona es Akihabara así que cogemos el metro y nos dirigimos allí. El metro no es difícil de comprender puesto que todo está en japonés pero también en alfabeto occidental, aunque sí acaba saliendo algo caro. Llegamos a Akihabara y buscamos tiendas de duti free, que no son difíciles de encontrar. El sitio más grande y donde hicimos nuestras compras es Laox, una cadena que tiene cinco o seis edificios juntos, cada uno dedicado a una cosa; otra tienda importante es Nakaura. Hemos conseguido la cámara y la verdad es que los precios están muy bien, hemos conseguido un último modelo a un precio que no sería posible en España ni de lejos. Localizamos una gran librería que es un edificio entero y aprovechamos para comprar algunas ediciones japonesas de Doraemon, Star Wars y Ghost in the Shell, y contentos con nuestras compras, nos vamos a dormir porque el jet lag comienza a producir sus perniciosos efectos. Mañana madrugaremos para ver el Museo Ghibli.
Museo Ghibli.
El museo Ghibli fue creado por Hayao Miyazaki, como punto de unión de todas las obras de su estudio; se encuentra en una localidad a media hora en tren de Tokio, Mitaka, y sinceramente no sabría explicar como llegar hasta él puesto que nos llevó una guía. Lo primero que te encuentras nada más llegar es una casita con un cristal tras el que Totoro da la bienvenida a todos los visitantes; aprovecha para hacerte una foto con Totoro puesto que dentro del museo no se permiten fotos.
Una vez dentro, nos encontramos con algo parecido a una casita de muñecas. Todos los detalles están cuidados para hacer las delicias de los más pequeños. De hecho en mi opinión es un museo que disfrutarán más los niños que los adultos, aunque si te gusta el manga es un lugar increible.

El museo se divide en varias plantas. En la primera hay diversas habitaciones con cuadros expuestos y un aparato circular compuesto de muñecos que varían ligeramente unos de otros de modo que al girar a gran velocidad dan la sensación de movimiento similar a los dibujos animados. Además hay una especie de dioramas en los que mediante la superposición de hojas transparentes, cada una de ellas con algo dibujado, se consiguen perspectivas muy bonitas. En la segunda planta se muestran estudios con herramientas para moldear maquetas y estudios de dibujo, incluyendo bocetos originales, así como la posibilidad de hojear los storie boards originales de películas como La princesa Mononoke, Totoro, Porco Rosso,... También se pueden ojear cuadernos con recortes de prensa relacionados con el comic a partir del siglo XVIII. En la tercera planta está el jardin infantil, la tienda de merchandising y la librería donde puedes adquirir productos orginales del Studio Ghibli. También hay algunas maquetas impresionantes como la de la avioneta de Porco Rosso. Finalmente, subiendo por una escalera de caracol, se accede al tejado donde hay una estatua de unos 5 metros de alto del gigante de hierro con la que también te puedes fotografiar. Por último, hay tres pases cada hora de una película de animación que dura 15 minutos aproximadamente y que no se puede ver en ningún otro lugar del mundo.
Como digo, el museo no es muy grande aunque agradable de ver. Lo malo es que se ve muy rápido y solo lo alargas un poco si te metes al salón de cine a ver el corto de animación; la verdad es que tardas más en ir y volver que en verlo. La entrada cuesta 1000 yenes que son unos 8 euros y te aseguro que después de ver el corto, tendrás un deseo irrefrenable de comprarte algo, un llaverito, una camiseta, un peluche,... Mi recomendación es que si te gusta mucho el manga (y sobre todo el estilo de Miyazaki) vayas a verlo, pero si vas justo de tiempo quizás haya otras cosas de Tokio que valgan más la pena.
El Anime Fair Tokio.
Hoy queremos aprovechar bien el día, así que hemos madrugado mucho. Hemos encontrado un mercado chulísimo, con los productos más extraños que hayamos visto jamás. Hemos pasado cerca del Mercado de Pescado pero no hemos entrado a la subasta porque necesitamos botas de pescador, de las que carecemos, así que acabamos visitando un templo budista. Antes de ir hacia la convención de anime, tenemos tiempo de visitar los jardines Hama-Rikyu, con construcciones de la época Edo; son unos jardines preciosos, con árboles centenarios y un manto de flores amarillas que recubre una llanura junto al lago. En el centro del lago hay un edificio construido sobre una islita a la que se accede por un puente del siglo XVII. Desde los jardines se ven varios rascacielos de entre 60 y 80 plantas. Es impresionante cómo se mezclan pasado y futuro en esta ciudad.

Tras ver los jardines, nos dirigimos a la próxima estación de Simbashi para coger el metro. Nuestro destino es Kokusaitenjijo-Seimon, en una isla artificial ganada al mar, donde nos espera el Anime Fair Tokio. La muestra se hace en el Tokio Big Sight que es el Centro de Exhibición internacional de Tokio. El edificio es futurista y nos impresiona; una vez dentro, voluntarios armados con megáfonos y carteles indican a la gente cómo llegar a las diversas exposiciones que se celebran. Por fin encontramos nuestro destino y entramos. Lo que encontramos es muy parecido al Salón del Comic de Barcelona. Una sala muy grande con multitud de stands en los que curiosamente no se vende nada sino que se expone. Vemos exposiciones de figuras, cuadros, muchas pantallas repartidas aquí y allá con películas de anime, grandes muñecos hinchables sobrevolando nuestras cabezas.... sólo hay un par de puestos que vendan sus productos y lo más interesante que vemos es un stand en el que pasan el video de Animatrix que cuenta en versión manga el antes de la primera película de Matrix y promete ser espectacular. En un rincón hay un gran escenario donde diversos grupos de animación hacen sus representaciones. Hay mucha gente y cada vez nos resulta más difícil andar entre el público sentado en el suelo viendo una película, el encargado que te prohíbe grabar Animatrix, el tipo disfrazado de Doraemon y las azafatas (muchas) intentando colocarte publicidad y panfletos de su compañía mientras hacen equilibrios sobre altísimos tacones y casi muestran sus encantos bajo minúsculas minifaldas. Estamos algo cansados y hemos visto la feria bastante rápido así que decidimos buscar otras cosas de interés. Volvemos por donde hemos venido y nos reencontramos con los bellos(y extraños a veces) edificios que salpican el recorrido de vuelta a Tokio. El metro que nos lleva de vuelta a la ciudad es exterior y circula sobre el mar por un puente que se parece enormemente al de Brooklin. Por sus ventanas vemos el Museo Oceanográfico de Tokio, con forma de barco, la estatua de la libertad y multitud de construcciones imposibles. Nos dirigimos ahora a los jardines del Palacio Imperial, así que bajamos en la estación de Otemachi pero esta vez no tenemos suerte y los encontramos cerrados. Mañana volveremos a intentarlo.
Los jardines del Palacio Imperial.
Hoy nos toca madrugar otra vez, hay muchas cosas que deseamos ver y no podemos perder tiempo. Lo primero que hacemos tras el desayuno es buscar un santuario de pescadores de la época Edo que está en el distrito de Tsukuda. Ante nuestra incapacidad para encontrarlo, recurrimos a un nativo muy amable que nos acompaña hasta el lugar; es una zona de casitas bajas, con árboles y canales. Vemos algún bonsai y disfrutamos de la belleza del pequeño templo. Después de esto volvemos a tomar el metro y nos dirigimos a Ginza que está muy cerca de Tsukiji, donde se encuentra nuestro hotel. Ginza es una zona comercial donde se encuentran las tiendas más caras, llena de edificios enormes y pantallas gigantes. La gente va muy arreglada, todo el mundo trajeado al estilo occidental. Es aquí donde se disfruta el ambiente más cosmopolita de Tokio.

Volvemos a coger el metro y nos dirigimos a los jardines imperiales; esta vez los encontramos abiertos y nos adentramos en uno de los parajes más bonitos de la ciudad. La muralla que los rodea y que es a su vez rodeada por grandes canales es impactante y el interior está lleno de edificios tradicionales japoneses preciosos. Paseamos por los senderos y disfrutamos de la cascada que riega uno de los lagos interiores. Es una pena haber venido al final del invierno, dentro de un par de semanas las flores darán un colorido mayor a estos jardines tan bonitos.
Ueno y Asakusa.
Estas son dos zonas preciosas y con distintos atractivos. Ueno tiene un parque fantástico, salpicado de templos más o menos grandes y con un zoo muy bonito; nosotros hemos tenido mala suerte y no veremos el panda gigante ya que está de viaje por México. Asakusa son palabras mayores, hemos ido a ver este barrio coincidiendo con el equinoccio de primavera y es fiesta nacional, así que todo el mundo está en la calle. El barrio es muy populista, hay muchos comercios y llegamos a una calle que tiene en una punta una pagoda bastante grande y en la otra un templo. Entre ambas hay un kilometro de puestos con ropa, comida, complementos y souvenirs. Pero lo realmente impresionante es el templo, compuesto de varios edificios pequeños, el edificio grande en el que se realizan los rituales y la pagoda de cinco pisos de aspecto monumental. En el templo los japoneses realizan un rito que tiene varias fases: primero se lavan las manos, después queman incienso y atraen el humo hacia sí. Finalmente echan una moneda en un arcón, tocan un gong y hacen una reverencia juntando los manos en dirección al altar.

Llega la noche y decidimos tomar una copa, así que nos vamos al distrito de Roppongi. Allí vemos la zona un poco muerta y la verdad es que nos impresiona entrar en un bar de japoneses de modo que actuamos como los típicos occidentales y acabamos en el Hard Rock Cafe. La noche se echa sobre la ciudad y mañana tenemos nuestra última jornada.
Último día.
Ya hemos visto aquello que más nos apetecía así que el último día lo dedicamos a callejear. Vamos a la zona de Aoyama Itchome donde se encuentra el Palacio Imperial Akasaka. No conseguimos entrar a los jardines, que están cerrados, así que disfrutamos de la avenida Aoyama-dori, plagada de tiendas de estilo europeo y cafeterías. En esta misma zona hay diversos centros deportivos, como el estadio nacional de Tokio, el estadio de beisbol Jingu, un campo de rugby y futbol llamado Chichibunomiya y el gimnasio metropolitano. Se acerca la tarde y vamos a comer a la zona administrativa de Shinjuku, donde se encuentra el Ayuntamiento y hay un mar de rascacielos. A lo lejos vemos la torre de Tokio y una copia del Empire State Building pero no llegamos a encontrarlos en la maraña de metal y cristal. Curiosamente Shinjuku es también una zona comercial y en la puerta de los establecimientos hay gente con megáfonos intentando convencerte para que entres en su tienda. Hemos buscado tiendas de discos y de tebeos pero no hemos encontrado gran cosa así que nos volvemos sin las ediciones japonesas de los Beatles. En fin, la próxima vez será.
Llega la hora de ir a dormir; cuando llegue la mañana estaremos camino de casa; hemos pasado una semana increíble, hemos visitado museos, jardines, templos y ferias de cine japonés; hemos visto edificios que no olvidaremos jamás y hemos conocido gente amable que nos ha enseñado otra forma de vivir. Espero volver algún día a esta gran urbe que nos ha tratado con tanto cariño, y volveré como me he ido, con una gran sonrisa en la cara.
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